
El Altiplano fue el lugar donde el mundo aprendió a ordenarse.
Rodeado de montañas, lagos y amplias planicies,
este territorio permitió que las comunidades dejaran de mirar solo el horizonte y comenzaran a construir hacia adentro:
hacia plazas, ejes, calzadas y centros rituales que daban forma a la vida colectiva.
Aquí, el espacio ya no se recorre únicamente,
se organiza.
La ciudad se convierte en reflejo del cosmos
y cada orientación, cada alineación y cada vacío
responde a una comprensión profunda del tiempo, el cielo y el poder simbólico.
Los santuarios del Altiplano se distinguen por su centralidad.
No son lugares aislados,
son nodos donde confluyen caminos, ritos y voluntades.
Desde ellos se regula el calendario,
se observa el movimiento de los astros
y se establece la relación entre lo humano y lo divino.
La arquitectura aquí adquiere peso y permanencia.
Plataformas, basamentos pirámides y conjuntos ceremoniales
afirman la idea de continuidad,
de un orden que debe mantenerse
para que el mundo no se fracture.
Pero bajo esta aparente estabilidad,
el Altiplano guarda también tensión y transformación.
Cada gran centro ritual nace, crece y declina,
recordando que incluso el orden más sólido
es parte de un ciclo mayor.
Recorrer los santuarios del Altiplano es entrar en una geografía del equilibrio:
entre control y cambio,
entre comunidad y jerarquía,
entre la tierra que sostiene
y el cielo que orienta.
Aquí, el territorio se volvió corazón.
Y desde ese corazón, el Anáhuac aprendió a latir.
TEMPLO MAYOR, CDMX: El corazón enterrado que no deja de latir
