Ese día, el Museo del Estanquillo estaba en silencio.
La mayoría de las salas, cerradas.
Parecía un día perdido, pero no lo fue.
Fue un día revelado.

Ahí, en medio del centro histórico, en una sala apenas iluminada, me encontré con un espejo inesperado: la exposición Francisco Toledo: Grabador de enigmas.

Y no vi solo arte.
Vi umbrales.
Subí por las escaleras antiguas del museo sin muchas expectativas.
Pero al entrar a esa sala, todo cambió.
El aire era distinto.
Las obras no colgaban… acechaban.

Había papel, línea, sombra, textura, pliegue.
Y, sobre todo: miradas.

En especial, una carpeta grafica que me detuvo en seco: Trece maneras de mirar un mirlo.
Ahí comprendí que Toledo no dibujaba animales: invocaba presencias.
Cada mirlo era distinto: a veces ave, a veces sombra, a veces reflejo.
Cada uno era una manera de mirar el mundo… o de dejarse mirar por él.
Vi también un video donde se mostraban sus técnicas de grabado.
Era como ver a un alquimista en plena invocación.

Toledo no “hacía arte”: transmutaba materia en símbolo.
Raspaba, empujaba, manchaba, dejaba que el papel se rindiera a su voluntad ritual.

Y lo más profundo: usaba materiales que parecían humildes —papel amate, tinta, lodo, piel vegetal— pero los convertía en caminos hacia lo sagrado.
Toledo enseña que:
No todo lo visible es real.
Y no todo lo invisible está ausente.
Que el arte no solo representa: revela.
Que los animales no son solo formas… son mensajes.
Y que el artista, cuando es verdadero, no decora: interrumpe la mirada para mostrar lo que siempre estuvo ahí.

Antes de irme, miré una de las obras por última vez: una liebre con garras, con lengua de reptil, dibujada como si hubiera sido bordada por la noche misma.
No era un animal.
Era una advertencia poética.
Y ahí entendí:
Francisco Toledo no buscaba gustar.
Buscaba despertar.

Consejos para otros viajeros del arte
- Si el Estanquillo está parcialmente cerrado, entra de todos modos. Las sorpresas no necesitan muchas salas: a veces, solo una basta.
- Acércate a Toledo con respeto, no con prisa.
- Si ves un video de su proceso creativo, detente. Observa cómo el silencio trabaja con él.
- Investiga sobre sus múltiples facetas: grabador, activista, defensor del maíz, tejedor de símbolos.
- Si tienes suerte, verás alguna de sus piezas animales: aves, conejos, iguanas, híbridos… todos son nahuales.
Francisco Toledo
La figura de Francisco Toledo se erige no solo como un creador singular, sino como un puente viviente entre la mitología ancestral y la vanguardia estética contemporánea. Toledo no fue un artista que representó Oaxaca: fue Oaxaca. Fue sus raíces zapotecas, sus tierras rojas, sus mitos, sus animales, sus silencios cargados de magia.
Toledo transformó el arte mexicano al rebelarse contra los cánones de lo monumental y lo heroico del muralismo, no para negarlos, sino para hablar desde otra escala: la de lo íntimo, lo orgánico, lo metamórfico. Su universo no está poblado de grandes epopeyas, sino de naguales, de monos, de cocodrilos, de insectos que respiran humanidad, de hombres que mutan en jaguares y viceversa. En sus obras palpita la cosmovisión mesoamericana, donde no hay frontera entre el mundo animal, vegetal y humano. Todo es parte de un mismo flujo vital, mutable, sagrado.
Toledo nos devolvió la visión mágica del mundo sin caer en el folclor decorativo. Cada una de sus piezas —grabados, cerámicas, libros, esculturas o papeles— es un acto de alquimia espiritual: transmutar lo cotidiano en símbolo, lo rural en universal, lo olvidado en esencial. Él no ilustró los naguales: vivió como uno. Artísticamente era un brujo, un tejedor de mundos. Como los antiguos códices mixtecos, su obra narra sin palabras, con líneas y texturas que son ecos de piel, de tierra, de plumas.
Su importancia en la historia del arte en México es monumental porque encarnó una resistencia luminosa: resistencia cultural, ecológica, política y estética. No sólo fundó talleres, bibliotecas, museos y espacios comunitarios en Oaxaca, sino que los dotó de un alma; les dio sentido como actos de arte expandido, como formas de crear comunidad a través de la belleza y la conciencia.
Francisco Toledo nos enseñó que el arte no se separa de la vida, que el jaguar vive en el trazo del grabado y en la defensa del maíz, que el mito aún respira si aprendemos a mirar con los ojos del espíritu.
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