La experiencia
El Templo Mayor no está en la selva, ni en un valle, ni en un monte aislado.
Está rodeado de tráfico, claxon, silbatos, cilindreros, metro, turistas, mares de gente y palomas.

Y, sin embargo, cuando te acercas a la reja y ves las piedras rotas asomando entre pasarelas y barandales,
hay un instante en que el ruido baja un poco
y sientes una cosa muy clara:
“Aquí fue el centro del mundo de alguien.”
No es un “sitio arqueológico” a las afueras:
es el núcleo sagrado sobre el que se recargó toda la ciudad.

Catedral, Palacio Nacional, majestuosos edificios coloniales, comercios, el asta bandera.
Todo eso es la capa más reciente de una historia mucho más larga,
y tú estás justo en el punto donde esas capas se entrelazan.
El Templo Mayor no te recibe con selva: te recibe en descenso con esquinas de piedra, niveles cortados y vacío alrededor,
como si hubieran abierto el pecho de la ciudad para que miráramos adentro.

Entras al recorrido y de inmediato sientes la dualidad:
- A un lado, turistas tomándose selfies con el Zócalo de fondo.
- Del otro, bloques de piedra, escalinatas truncadas, muros que fueron cubiertos una y otra vez.

Caminas por las pasarelas y la narración se vuelve casi vertical:
- abajo: los vestigios mexicas,
- a nivel de tus pies: la pasarela moderna,
- arriba: la catedral, las oficinas, los edificios coloniales y el cielo de la ciudad.

El Templo Mayor fue una montaña construida:
capas que se superponían en cada reinado,
una montaña doble donde convivían:
- Huitzilopochtli, el fuego, la guerra, el sol joven.
- Tlaloc, la lluvia, el agua, la fertilidad.
Lo sientes, aunque no te lo cuenten:
en un lado, la energía es más dura,
en el otro, más húmeda, más blanda, más de vientre.

A ratos, entre los bloques, se asoman restos de esculturas, relieves, canales, pisos de estuco.
Parece un rompecabezas abierto:
la Coyolxauhqui rota, serpientes de piedra, flores de guerra, ranas, águilas y cráneos.

Y todo eso, en medio de bocinas, pasos, voces, risas, tambores, manifestaciones y campanas.
Estar ahí es ver, con los ojos muy despiertos,
que la ciudad no borró lo antiguo: se le recargó encima.

El Templo Mayor es muchas cosas a la vez:
Es el Coatepec mítico, el Cerro de la Serpiente, hecho arquitectura.
Es el lugar donde el pueblo mexica ancló su visión del universo:
arriba el cielo dividido en estratos; abajo el inframundo en nueve niveles;
aquí, en este punto, el cruce de todo.

Es también el escenario del rito extremo:
ofrendas, sacrificios, sangre, plumas, jade, obsidiana, cantos, tambores.
Espiritualmente, el Templo Mayor es el símbolo de que no se puede construir nada duradero si no hay un centro,
un eje alrededor del cual giren la vida cotidiana, la economía, la política, los mercados, los afectos.

Para los mexicas, ese centro no era abstracto:
tenía forma de templo, de plaza, de recinto amurallado, de patio sagrado.
Estaba aquí.
Después, sobre ese centro se construyó otro:
la catedral, el poder virreinal, la cruz.
Y más tarde, otro:
el Estado moderno, el Zócalo como escenario cívico, marchas, plantones, ceremonias oficiales.

El Templo Mayor te muestra, de golpe,
que la ciudad entera es una superposición de centros sagrados:
- El de los antiguos dioses,
- El de la iglesia,
- El del Estado,
- Actualmente el de la memoria.
Cada capa intentó ser “la definitiva”.
Ninguna lo ha logrado.
Porque abajo, el primer centro sigue ahí.

Cuando sales del recorrido y vuelves a subir a nivel de calle,
sientes que algo cambió:
ya no ves el Zócalo como antes.
Donde otros ven plaza, tú ves un cruce de mundos.
Donde otros ven catedral, tú ves un templo impuesto sobre otro templo.
Donde otros ven ruinas al lado de un edificio,
tú ves el corazón expuesto de una ciudad que no ha terminado de entenderse a sí misma.
El Templo Mayor te enseña que hay partes de nuestra historia que intentaron enterrar, pero la memoria, igual que el agua, siempre encuentra por dónde salir, y que el verdadero centro de algo nunca está en lo más visible, sino en lo que late, firme, debajo.

Cuando caminé por primera vez este recinto entendí que,
no estás sólo documentando piedras cortadas entre pasarelas:
La Ciudad de México camina todos los días sobre su propio corazón
y casi nunca mira hacia abajo para recordar que, antes de cualquier bandera, hubo un fuego sagrado encendido aquí.
Y ese fuego, aunque invisible,
sigue alumbrando a quienes saben verlo.
Ficha arqueológica
Ubicación y significado en la ciudad
- El Templo Mayor estaba en el corazón de Tenochtitlan, dentro de un recinto sagrado cuadrado de unos 500 m por lado (25 ha), donde desembocaban las tres grandes calzadas (Tacuba, Ixtapalapa y Tepeyac/Tlatelolco).
- El recinto era el centro religioso y político de los mexicas; dentro de él se encontraban el Templo Mayor, tzompantli, Casa de las Águilas, Calmécac, templos secundarios, etc.
- Hoy la Zona Arqueológica – Museo del Templo Mayor ocupa unas 1.2 hectáreas inmediatamente al oriente de la Catedral Metropolitana, en el Centro Histórico de CDMX.
Dedicación doble y simbolismo
El Templo Mayor (Huey Teocalli) es famoso por su planta dual:
- Pirámide troncocónica con dos escalinatas paralelas y dos templos en la cima:
- lado sur: santuario de Huitzilopochtli, dios de la guerra y sol en su faceta mexica;
- lado norte: santuario de Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad agrícola.
Simbolismo clave:
- El edificio entero se interpreta como una montaña sagrada que condensa dos cerros míticos:
- Coatepec, cerro del nacimiento de Huitzilopochtli,
- Tlalocan, montaña de Tláloc y los tlaloques.
- Representa la cosmovisión dual mexica: guerra / fertilidad, sol / lluvia, sacrificio humano / abundancia agrícola.
Cronología y etapas constructivas
El Templo Mayor no fue un solo edificio, sino siete grandes etapas superpuestas (y quizá una octava tardía):
- Etapa I: la más antigua, probablemente hacia la fundación de Tenochtitlan (1325 d.C.), hoy prácticamente invisible.
- Etapa II (1376–1427):
- se identifican ya los dos adoratorios (Huitzilopochtli–Tláloc) con restos de pintura y un Chac Mool;
- asociadas a esta etapa se hallaron ofrendas de oro, obsidiana y cerámica (p.ej. Ofrenda 39).
- Etapas III–IV (siglo XV):
- grandes ampliaciones, atribuibles a Itzcóatl y Moctezuma I, cuando el imperio se expande;
- decoración con cabezas de serpiente y braseros en fachadas.
- Etapas V–VI (Axayácatl, Tízoc, Ahuítzotl):
- crecimiento máximo en volumen;
- la piedra de Coyolxauhqui se asocia a la fase IV de excavación, pero el programa escultórico se consolida en estas ampliaciones.
- Etapa VII (Moctezuma II):
- última gran remodelación antes de la invasión hispana (h. 1502–1520), parcialmente destruida por incendio y luego por los españoles.
Se estima que el templo llegó a tener la altura aproximada de un edificio de 15 pisos, antes de ser arrasado tras 1521.
Escultura clave: Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli
a) Monolito de Coyolxauhqui
- Disco de piedra de 3.25–3.4 m de diámetro, con la diosa Coyolxauhqui desmembrada, hallado en 1978 por trabajadores de la compañía de electricidad.
- Estaba colocado al pie de la escalinata del lado de Huitzilopochtli, conmemorando el mito de Coatepec (Huitzilopochtli arroja a su hermana desde la montaña).
- Su hallazgo permitió localizar con precisión el Templo Mayor y dio origen al Proyecto Templo Mayor dirigido por Eduardo Matos Moctezuma.
b) Monolito de Tlaltecuhtli
- Escultura monumental de la deidad de la tierra Tlaltecuhtli, descubierta en 2006, una de las mayores piezas mexicas conocidas.
- Hoy es pieza estrella del Museo del Templo Mayor, junto con Coyolxauhqui y Coatlicue.
Estas obras funcionan como síntesis visual del universo mexica: guerra, sacrificio, tierra que devora y renueva la vida.
Ofrendas y hallazgos recientes
El Templo Mayor y sus estructuras asociadas han proporcionado más de 200 cajas de ofrendas cuidadosamente dispuestas.
Entre los hallazgos destacados (especialmente útiles para su obra):
- Ofrendas con objetos de madera (descubrimientos 2022):
- miles de piezas de madera finamente talladas (cetros, orejeras, anillos, máscaras, miniaturas de armas), depositadas entre 1486 y 1502 en cajas de piedra con conchas marinas, plantas y huesos animales y humanos.
- Ofrenda de estrellas de mar (2022):
- ofrenda con 164 estrellas de mar y otros elementos marinos asociada a Tláloc, la mayor ofrenda de este tipo hallada hasta ahora.
- Caja de esculturas antropomorfas (anunciada 2023):
- un cofre de piedra con 15 esculturas humanas en miniatura, cuentas, corales y conchas, fechado al reinado de Moctezuma Ilhuicamina; refuerza la lectura del templo como eje del mundo acuático y celeste.
Investigaciones recientes incluso han analizado 788 piezas de obsidiana del Templo Mayor, mostrando que ~90% proviene de la Sierra de Pachuca, lo que evidencia una red de abastecimiento muy centralizada y cargada de simbolismo (obsidiana verde ligada a Tollan).
Excavaciones y Museo del Templo Mayor
Proyecto Templo Mayor
- Inicia formalmente en 1978 tras el hallazgo de Coyolxauhqui.
- Fundado por Eduardo Matos Moctezuma; a la fecha se han realizado siete temporadas principales, las tres primeras dirigidas por Matos y las siguientes por Leonardo López Luján.
Museo de Sitio
- Abierto al público desde 12 de octubre de 1987, alberga más de 7,000 objetos recuperados en las primeras temporadas.
- Cuenta con ocho salas, organizadas en dos grandes secciones que reflejan la dualidad Huitzilopochtli–Tláloc (guerra/lluvia).
- Horario actual: martes a domingo, 9:00–17:00 h; cuota $100 MXN .
En el museo se exhiben:
- Coyolxauhqui, Tlaltecuhtli, Coatlicue, ofrendas, esculturas, mascarones, obsidiana, madera, etc.
Explora también:
- Museo Nacional de Antropología — cosmogonía expandida
- Museo Anahuacalli — visión de lo ancestral desde el arte
- Centro Histórico de la CDMX — ritual urbano y colonial
- Tlatelolco — la ciudad gemela y su historia trágica
- Museo del Templo Mayor — El corazón rescatado de Tenochtitlán